miércoles, 3 de noviembre de 2010

Una gran atracción popular


Una gran atracción popular: reflexiones enseñando el cine mexicano
Daniel John Nappo
Profesor asistente de español
Universidad de Tennessee en Martin
Octubre 2007


El intento de este trabajo es describir la experiencia que tuve el año pasado dando un curso panorámico del cine mexicano en Tennessee, un estado sureño de los Estados Unidos. Fue muy gratificante—no cabe la menor duda—pero también fue una experiencia en donde surgieron varias sorpresas en cuanto a la recepción de mis alumnos frente las películas .
Mi universidad es bastante chica (7.100 alumnos, casi todos subgraduados) ubicada en una región muy rural. Estamos a dos horas de Memphis, casi tres horas de Nashville. Hace unos años el condado en que vivimos era “seco”, lo que quiere decir que no se servía nada de güisqui, vino u otras bebidas alcohólicas menos cerveza. No hay mucha evidencia de la cultura mexicana por aquí, aparte de los trabajadores migrantes que atienden mesas, construyen nuestras casas y caminos, y los pequeños negociantes que les venden sus preferidos productos mexicanos de tiendas humildes. Sin embargo, hay mucho interés en el estudio del español, y no solamente por razones profesionales. Por ejemplo, hay muchos alumnos cristianos que no conocía antes y que tienen planes de participar en misiones por toda Hispanoamérica. En cuanto al cine mexicano, creo que antes de mi curso hubo vagas nociones de charros, luchadores enmascarados, Salma Hayek, y tal vez Gael García Bernal, gracias a su actuación en un anuncio de Levi’s.
Mi interés en el cine mexicano proviene de largos días en el Distrito Federal, escuchando a mexicanos que contaban sus historias de ver a Tin Tan, o a Pedro Infante, durante la famosa “época de oro” (aproximadamente los años 40). También recuerdo muchos domingos tranquilos viendo una película clásica en el canal De película, muchas presentando una perspectiva de la Ciudad de México que no me podría haber imaginado antes: poco tránsito, pocos ambulantes, muchos árboles y vistas de los volcanes desde el centro. Una visita al Panteón Jardín en San Ángel me dio una perspectiva de la idolatría reservada a Pedro Infante y a Jorge Negrete (ambos enterrados allí, al lado de Tin Tan, Carlos López Moctezuma y Pedro Armendáriz). Mi di cuenta de que el cine mexicano—aparte de ser un buenísimo entretenimiento—es un verdadero tesoro de la cultura mexicana. Claro, el cine mexicano no se compara muy favorablemente con el de Hollywood en términos de éxito taquillero y cantidad de películas inolvidables. Sin embargo, muy pronto entendí que las estrellas como María Félix, Cantinflas, Infante, Negrete y Dolores del Río lucían con más calor y alarde en su país que las de Clark Gable y Judy Garland en el nuestro. Me puse a pensar en un curso panorámico del cine mexicano—el cual, sin duda, sería el primero en esta región de Tennessee.
En muchos sentidos, el curso cinematográfico representa el trabajo más placentero—por no decir fácil—para un profesor. Efectivamente no tiene que preparar mucho, ni dar lecturas bien detalladas, porque las películas hacen la mayoría del trabajo. Por todo eso, me preocupaba que un día un colega me dijera, “¿Y qué hiciste en tu curso de charros y luchadores?” Afortunadamente, en nuestra época de internet y más tecnología, es posible poner una película cada clase y luego organizar foros con los alumnos para platicar lo que ven. Antes de la posibilidad de tales foros en el internet, no me podría imaginar un curso de cine en que el profesor pusiera más de seis o siete películas (reservando las demás clases para discusión). Aparte de las películas, en el programa del curso recomendé algunos sitios del internet a mis alumnos. El curso tuvo nada más de un libro requerido, Mexico City in Contemporary Mexican Cinema por David William Foster , aunque también leímos secciones de otros libros.
Mi decisión más perspicaz fue la de convenir la clase una vez a la semana—por dos horas y media—para ver cada película en su total. De la misma manera que uno debe leer un buen cuento de una sentada, creo que es preciso ver una película del principio al fin de una sentada. En vez de reunir la clase en un salón típico, hice una reservación durante el semestre en un salón de la biblioteca. Este salón tiene una pantalla enorme, un buen equipo para DVDs, excelente sonido, y un aspecto más parecido a un salón de cine que de clase.
Por lo general a los alumnos les gustaron las películas. Sin embargo hubo algunos momentos de descontento e inquietud, incluso durante aquéllas más famosas y críticamente celebradas. Las dificultades tuvieron tanto que ver con las expectativas generales de personas de su edad, así como con el hecho de la diferencia cultural entre un grupo de personas de Tennessee rural tan ajena de la cultura mexicana. Una muestra de la discrepancia de expectativas fue que los alumnos se quejaron leve pero regularmente de las películas en blanco de negro y tuvieron poca paciencia para la relativa falta de tecnología del cine clásico. No les gustó la calidad de sonido y los cortes entre escenas de “La mujer del puerto” les fueron tan primitivos que casi no se enfocaron en el diálogo y personajes. Tampoco les gustó la escasez de espectáculo, principalmente en las primeras películas. Prefirieron las más “modernas” y acogieron con mucho entusiasmo las de color del último mes. También les parecieron burdas las actuaciones de los desconocidos actores de ¡Que viva México! y de Andrea Palma (La mujer del puerto), a pesar de que les había explicado que todos eran novatos o recién graduados del cine mudo. Tal recepción me hizo pensar en el efecto cumulativo de tantas películas (muchas, no hay duda, “churros”) de Hollywood. Si los alumnos no pueden apreciar la buena actuación de Andrea Palma en una película relativamente sencilla, ¿qué opinarían de un personaje novelístico como el ingenioso caballero de Cervantes? Muchos jóvenes de norteamérica no están acostumbrados a analizar el cine. El trabajo más arduo del profesor del curso cinematográfico es empujar a los alumnos más allá de lo gratificante (y de lo no gratificante) y hacerles pensar de lo que representa o sugiere una escena o diálogo.
Después de presentar La mujer del puerto, Salón México y Aventurera, algunas de mis alumnas se quejaron de lo que para ellas era aparentemente una obsesión con el tema de la mujer caída (sea prostituta, cabaretera o fichera). Aunque para ellos fue un tema bastante trillado y poco utilizado fuera de la televisión, hasta la comedia familiar El rey del barrio se presenta una escena breve de cabaret (Silvia Pinal, en su rol como la pudorosa novia de Tin Tan, frecuenta a un cabaret una vez para ganar dinero para su mamá enferma; Tin Tan, siendo el caballero, noquea a su chulo y la rescata del lugar y de caer en la maldad). También en El callejón de los milagros, el personaje Alma (Salma Hayek) se hace una versión moderna de la mujer cabaretera, llegando hasta la prostitución y un desenlace más crudo. Les expliqué a mis alumnos que esta tendencia procede del medio—es decir, del cine mexicano—y no de mis preferencias. De la misma manera en que se ven muchas películas de guerra producidas por Hollywood, o (actualmente) de espectáculo rotundamente no intelectual, la cabaretera era y sigue emblemática del cine mexicano. Refiriéndose a Santa (1931) y La mujer del puerto, e igual con muchas otras citas suyas, Jorge Ayala Blanco lo dijo de la manera más concisa y memorable: “La cinematografía sonora nacional comienza relatando la biografía de una prostituta y desde entonces no ha podido liberarse de la tutela de ese personaje” (138). En mi opinión es preferible enfrentar una polémica que soslayarla, porque el salón de clase apasionado es cien veces mejor que el ambivalente.
Como suplemento para la discusión de la prostituta-cabaretera-fichera, y además la discusión de los machos protagonizando las películas rancheras (vimos, por ejemplo, Dos tipos de cuidado, la única película con Jorge Negrete y Pedro Infante), les di a mis alumnos el capítulo famoso (o de mala fama, depende de la perspectiva) “Los hijos de la Malinche” de Octavio Paz. Una alumna escribió en el foro que Dos tipos de cuidado, tanto como el capítulo de Paz: “dice mucho de la cultura mexicana y las interacciones entre los hombres y las mujeres allí…esta película es una representación muy acertada del machismo.” Otro alumno, sin embargo, no tomó la representación en serio, diciendo que el escenario de la película (charros manejando coches, haciendas repletas de bonitas muchachas bailando y festejando, etc.) no reflejó para nada la realidad.
La mayoría de los alumnos no pudo aguantar ciertas escenas sexuales. Por ejemplo, varios se quejaron de una escena con dos hombres en los baños turcos (El callejón de los milagros), y otra de una mujer y dos hombres (Y tu mamá también). Sin embargo, no dijeron mucho de otra breve de plena desnudez frontal de un hombre bien parecido (Sexo, pudor y lágrimas), ni reaccionaron mucho sobre La mujer del puerto, aunque la heroína provinciana se acuesta con su hermano a quien perdió de vista hace mucho tiempo. En la retahíla del foro después de El callejón de los milagros (la película que, aparte de El rey del barrio, produjo la reacción más fuerte del curso), varios alumnos respaldaron a la alumna que escribió: “Pensé que las escenas de desnudez eran innecesarias y el propósito de éstas pudo haberse logrado sin ellas.” Pero otra alumna comentó que “esas escenas nos dieron una imagen un poco más cercana a la realidad de la situación que vivía don Ru [un homosexual o bisexual secreto] y nos hizo sentir más tristes por la situación que vivía su esposa Eusebia.”. Puesto que hay bastante contenido sexual en la televisión y en las películas de Hollywood, me sorprendió que las pocas escenas de desnudez en el curso produjeran una polémica tan persistente. También fue interesante que la escena tan violenta al final de Rojo amanecer—la masacre de una familia—no les chocara tanto.
Mis alumnos se rieron mucho en la clase. Les encantó la comedia Ahí está el detalle, una reacción bastante sorprendente dado el discurso disparatado e incongruente de Cantinflas. Por otro lado, mis alumnos odiaron a Tin Tan (El rey del barrio). No sé exactamente por qué, dado que la comedia de TinTan es más física y aparentemente más accesible. Sospecho que esperaban a otro cómico como Cantinflas pero la estructura de la película—todo diseñado para dar escenario a las improvisaciones de Tin Tan—les fastidió después de una hora. El rey del barrio es un excelente artefacto cultural y una buenísima comedia para muchos, pero la verdad es que no necesita ser tan larga. La escena con “Vitola” y Tin Tan—tocando el piano y cantando de una manera espeluznante—produjo una inquietud entre mis alumnos tan fuerte que casi apagué el video. La discusión en el foro fue generalmente mi defensa de la película. Aunque les gustó mucho María Candelaria (hasta unas alumnas se pusieron a llorar al final cuando le apedrearon a la protagonista), saltaron unas carcajadas en la escena conmovedora cuando Lorenzo Rafael visita a María en la cárcel. En Aventurera, un melodrama fuliginoso pero muy entretenido, el asesino “Rengo” (Miguel Inclán) les dio mucha risa.
Aventurera fue, tal vez, la película favorita de mis alumnos. Les gustó la música y me dio mucho gusto ver que la exposición a puro “camp” proporcionada por esta película cabaretera les hizo reír. Muchos alumnos vieron en Elena (Ninón Sevilla) la única protagonista que ganó a los malvados que querían explotarla. En vez de ser la víctima, Elena fue la vengadora que salió triunfante. Para estimular el debate, empecé la retahíla por identificar a Elena como manipuladora y aprovechada. Una alumna respondió: “No estoy de acuerdo con el hecho de que Elena es una mala persona o una manipuladora por naturaleza, ella fue una víctima de las circunstancias de sus padres, especialmente los errores de su madre. Al final, cuando Pedro Vargas [el cantante] resume la vida de Elena en la canción [“Aventurera” por Agustín Lara] y ella llora nos demuestra que sí tiene corazón y que…tiene sentimientos.”
El curso panorámico del cine mexicano fue una buenísima experiencia. Gracias a lo que aprendí la primera vez, no dudo que va a ser superior la próxima vez que ofrezca el curso. Claro, pienso poner otra película de Tin Tan, tal vez Simbad el mareado. También pienso diseñar el curso por temas (la cabaretera, el charro, el arrabal) con comparaciones entre pares de películas del mismo tema.

Obras citadas

Ayala Blanco, Jorge. La aventura del cine mexicano. 4a edición. México, D.F.: Editorial
Posada, 1985.

García Riera, Emilio. Historia del cine mexicano. México, D.F.: Secretaría de Educación
Pública, 1985.

Mora, Carl J. Mexican Cinema: Reflections of a Society, 1896-1980. Berkeley: U of
California P, 1982.

Noble, Andrea. Mexican National Cinema. London: Routledge, 2005.

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. FCE: México, D.F., 1959 [1950].


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Carlos Amador Marchanf es un escritor chileno nacido en la ciudad de Iquique en 1955. Sus publicaciones en poesía y narrativa están insertas en su blog: http//:carlosamadormarchant.blogspot.com
 

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