martes, 2 de noviembre de 2010

La desaparición del Niño-Lobo




LA DESAPARICIÓN DEL NIÑO-LOBO
Por Cristián Vila Riquelme


El Niño-lobo que yo conocí, Vicente Cau Cau, que me llevó tantas veces en sus brazos cuando yo era una guagua casi recién nacida bajo el parrón de la casa de piedra de Villalemana, la cual quedaba al lado de una loma vacía en una calle en descenso llena de grietas insondables (y que sigue igual: la ya legendaria Almirante Neff), y que daba a la Deutsche Schulle de la ciudad, frente a un vecino alemán melómano inconsolable: ese niño-lobo que aullaba en las noches de luna llena despertando el apetito salvaje de los perros del vecindario que aullaban igual y que jugaba con nosotros haciendo del cuco, con los ojos blancos y en cuatro patas, ha desparecido. Sí. Ha desaparecido. Y eso que ya no estamos en tiempos de dictadura.
Merced de los apetitos y resentimientos de una “familia” que nunca estuvo con él, Vicente desapareció de Caleta Horcón más o menos en 1997, donde había fijado sus dominios por allá por 1985, siendo acogido por una familia oriunda de Campiche con los cuales hacía y repartía pan, jugaba con los niños y me venía a ver, religiosamente, todos los 18 de septiembre, día del cumpleaños de mi padre. Como siempre me preguntaba: ¿va a tener asado tú? ¿con chunchule, longaniza, ubre? Vicente ayuda a Kisián con el carbón, ‘epué con las carne, el pan amasao, ¿la ensalada la hace Ximena? Y luego me palmoteaba las espaldas con una felicidad de niño salvaje que ya nos la quisiéramos nosotros, niños igual, pero tan civilizados, oh Dios.
De pronto le prohibieron verme (después de dos programas en la televisión), ir siquiera a Horcón, caleta que siempre adoró desde el día que se puso a nadar “a lo perrito” con unas risotadas de pinganilla descubierto en falta. Lo supe por su propia boca, la última vez que lo vi, de punta en blanco, impecable, y con una sonrisa de cabro chico que me contagiaba. Feliz dentro de las prohibiciones: ¡qué más expresión de libertad absoluta que aquella! La familia de Campiche me dijo que apenas aparezca me lo envían para acá. Obvio. Tenemos una relación demasiado cercana y no sólo porque escribí una novela (delirante) con su vida.
De esa novela tengo poco que decir, salvo que la escribí con cariño, homenajeando a mi tía Berta Riquelme y a Vicente Cau Cau, (amén de los “indios” de América latina) quien, este último, no es quien la gente cree: alguien medianamente incapaz. No. Vicente siempre se las ha podido solo donde le toque estar. Si no, los que no creen, que sólo me respondan ¿habrían ustedes sobrevivido siquiera dos días en medio de pumas, insectos ponzoñosos, hambre, nostalgia, selva cerrada, frío, lluvia, viento y, sobre todo, soledad?


editor

1 comentario:

  1. Hola, estoy haciendo un trabajo de psicología sobre casos de aislamiento y me gustaria saber si después de que fue acogido por la familia de Campiche siguió manteniendo contacto con su mamá adoptiva (Berta) y si la respuesta es no, por qué fue así?
    Espero tu respuesta, de antemano muchas gracias.

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Carlos Amador Marchanf es un escritor chileno nacido en la ciudad de Iquique en 1955. Sus publicaciones en poesía y narrativa están insertas en su blog: http//:carlosamadormarchant.blogspot.com
 

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