miércoles, 3 de noviembre de 2010

Conejillos de Indias





Conejillos de Indias
Por Juan Cameron

Muchas veces, quienes trabajamos con imágenes e instrumentos sociales, observamos el mundo sin poder comprenderlo. E incapaces de explicarnos este fenómeno, intuimos que nuestro país ha sido tomado como una especie de laboratorio de algo que está más allá de nuestro alcance, con aires de la más pura modernidad; pero muy feo en todo caso.
Una breve relectura de Noam Chomsky, Jürgen Habermas o Fredrik Jameson, entre otros intelectuales contemporáneos, nos dará luces al respecto. No es tan difícil acceder a ese conocimiento. Basta con desembarcarse un rato de la estupidez televisada, del más tonto y fatalista foot-ball nacional, y recurrir al viejo truco del libro. A estas alturas, en verdad, cualquier vademécum nos explica la vida y obra de los pensadores en vigencia, sus posiciones analíticas y el cómo anda la filosofía en boga. Una y otra vez nos indicarán que el actual estado de nuestra civilización se llama posmodernismo y que el mentado posmodernismo no es sino la justificación ideológica del colonialismo.
Cualquier chileno de de clase media emergente o en vías de proletarizarse -tal es el verdadero conejillo de Indias- es cultísimo en la materia. Porque se expresa dentro de las principales marcas que las sospechas de los estudiosos nos indican: colectivismo fascista, superficialidad de imagen y agotamiento inmediato en el acto. El “chileno medio”, ese espectro diseñado por los genios de la TV, es el modelo preciso.
Este sujeto, de cotidiano habla o escribe (cuando escribe) de la profunda superficialidad en la que flota, de su imagen –ojalá mediática- y de un exceso capaz de ser consumido en un presente fulminante conocido como “evento”. En buenos términos, la mayoría de nuestros insoportables connacionales está contaminado por la tontera generalizada.
Y en este quemarse como mariposa en torno al fuego del capitalismo, los adolescentes y otros jóvenes menores de treinta, adquieren signos larvarios o de gusanos de seda enunciándonos la desaparición del individuo en un solo estilo y género. Varios de nuestros poetas más jóvenes adoptan esa actitud nefanda y parecen estar, definitivamente, enfermos de buena parte. Y de pronto descubren -Oh, milagro!- el sexo, le cantan al orgasmo y el ombligo del mundo lo sitúan en su propio ombligo.
Otros, académicos ya, repiten la gastada prosapia de la deconstrucción y, es claro, a tal paso pronto militarán en la crítica feminista y neocolonialista; cuando las descubran, se entiende. De seguro el desconfiado lector habrá leído alguna columna de arte justificando una instalación y su imagen reflejada o repetida en la pared de enfrente. Haber más sirve para todo. O se percatará, tal vez, que más de algún maestro confunde la diferencia de Jacques Derridá con la polisemia. ¡Gajes del oficio!
Un punto significativo en estas observaciones es el fetichismo de la imagen y la celebración del exceso. Muchos estudiantes secundarios poseen teléfonos celulares y suelen utilizarlos en su función de videos para captar y distribuir escenas de violencia, trátese ya de golpizas, ataques arteros, instalación de bombas caseras y otros. La tecnología les permite instalar estas ocasionales tomas en un sistema de distribución pública, supliendo de paso la tarea del ya alicaído y triste periodismo. Uno de estos sistemas es el conocido YouTube. Es de suponer que, dada la facilidad de acceso puede generarse, casi de inmediato, una fuerte fiscalización; está por verse. La pornografía de la imagen, una vez más, da paso a lo eventual en lugar de lo permanente, la imagen por lo sustancial, la superficialidad por lo axiológico. Los valores -y gracias a los aparatos ideológicos del Estado- quedan relegados a la integridad genital.
Este sistema, ya instalado entre nosotros, nos convierte en conejillos de Indias del aparato colonialista. Somos esos indiecitos buenos que sabemos comportarnos frente a la modernidad tecnológica; ejemplo para los demás países del continente. Y respecto al arte, hemos eliminado toda distancia crítica para ponerlo al servicio de la dominación y la desculturización. Todo vale.



editor

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Carlos Amador Marchanf es un escritor chileno nacido en la ciudad de Iquique en 1955. Sus publicaciones en poesía y narrativa están insertas en su blog: http//:carlosamadormarchant.blogspot.com
 

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